El viaje que tanto esperé… y la lección que no esperaba

¡Ay! Me fui, por primera vez me fui de vacaciones con mi hijo. Una experiencia que estaba esperando por mucho tiempo. En este caso, fui de regreso a mi casa, a México, pero a cualquier México sino a La Paz, México. En los días previos al viaje, él estaba ansioso ya por viajar. Yo en cambio, estaba nervioso y tenso. Pensando en todo lo que podría salir mal, todo eso se lo conté a mi psicólogo días antes de salir de vacaciones.

Cuando llegamos a la ciudad mi hijo menciona de lo emocionado que está por conocer a su familia. Tiene la mala suerte de que en su lugar de nacimiento solamente tiene un tío, un abuelo y una abuela además de la tía política. Sus tíos no pretenden tener hijos por lo que es él y su hermana, primos aquí no hay. Así que, al darse cuenta de esto, la emoción por tener más familia, familia que va a conocer por primera vez, lo tenía sobre estimulado.

Al llegar a La Paz, todo fluyó bien, se sintió rápido en su ambiente. Salimos a conocer unas cositas por ahí con la familia, a comer y a caminar. Lo que más quería es que su primo, el guapo, llegara ya. Es al que conoció hace un año atrás. Tenía la disyuntiva de quedarse a dormir en casa de mama vale o irse al hotel cuando llegara la novia.

Fuera de la comida, que, para él, que ya tiene problemas con las cosas que le gustan en este momento, todo lo demás estuvo espectacular. Aunque la comida mexicana sea uno de los manjares conocido y reconocido a nivel mundial, el arroz, la habichuela y el amarillo no lo cambia por nada. Fue un buen intento, seguiré trabajando en ello.

Conociendo a la familia fue un gran paso, de conocer solamente a su abuela y a su primo, a conocer a todo mundo al mismo tiempo, no fue tan abrumador como pensaba, de hecho, se acopló muy bien. La desconfianza que lo característica, no ocurrió y esa parte me llenó de alegría.

Fue su segunda vez que se subía a un avión y la primera que lo hacía conmigo. Estaba un poco nervioso, porque fue un vuelo de transbordo de seis aviones para ir y regresar y ahora que estamos de regreso, me puse a pensar, ver desde lejos lo que pasó.

Primero que nada, me di cuenta de que tengo ya en mi musculatura el pensar en negativo, pensar en lo peor que puede pasar sin siquiera darme la oportunidad de imaginarme cosas chingonas. Me di cuenta de que soy muy duro conmigo y al mismo tiempo muy suave con mi hijo para ciertas cosas. Me di cuenta de que trato de que todo y todos a mi alrededor estén bien y que se cumpla lo que están esperando o no de mí.  En mis ganas de que conociera todo y lo más posible, lo tuve al trote. Me di cuenta de que, mi deseo debe tomar en cuenta y estar acorde con la edad que tiene mi hijo. Un niño de 7 casi ocho no tiene el mismo deseo o disposición o gusto por salir a conocer lo máximo posible. Así que me relajé, me relajé y acepté la realidad en la que me encuentro.

Tiene ganas de volver, tiene ganas de quedarse más tiempo, tiene ganas de seguir explorando y eso habla de lo mucho que le gustó y lo bien que la pasó. Creo que este viaje me hizo crecer mucho, darme cuenta de cómo me trato, de la presión que me pongo, de la mente negativa que tengo y de que, como dice Timón y Pumba, Sin preocuparse es como hay que vivir. Y también, mi novia hizo las cosas más fáciles, ella es una gran mujer y una excelente pareja. Estoy agradecido con el universo de haberla puesto en mi camino. comencé queriendo regalarle una experiencia a mi hijo y terminé descubriendo que el viaje también era para mí.

YO

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