Se supone que era una semana corta, pero se ha sentido más larga de lo normal. Estaba tan enajenado de los días que el miércoles sentí y pensé que era jueves. Probablemente sentía eso no porque no fuera una buena semana, sino que simplemente ya quería que acabara. Así que, para poder aprovechar este tiempo que estaba pasando muy lento, me puse a reflexionar. Me he dado cuenta de que desde hace tiempo no tengo muchas oportunidades de sorprenderme, de que las cosas me saquen una cara de emoción y la vida corra por mi cuerpo.
Recordé dos novelas colombianas, específicamente Betty la fea y Hasta que la plata nos separe, donde dos de los personajes, que eran originarios de Bogotá, se emocionan y se desbordan hasta el llanto al ver la playa. Era un sueño que tenían, y no habían logrado cumplir a sus treinta y tantos años, el sentir la playa en sus pies. En mi caso, creo que tiene que ver con que yo estoy en el mar desde antes del primer año de vida, cuando mi papá se ponía a (¿si sacar pesacados es pescar, sacar camarones será?) camarear en las playas del pacífico mexicano de Mazatlan. Después, el vivir en una península, donde ver la playa estaba a menos de 15 minutos de distancia, pues esto, no fue una emoción. La cara y la expresión de los personajes me fue como un “qué loco que se pongan así, si es normal”.
Luego recordé a mi prima jibara, que vivía del rancho de Tlatenchi Morelos y fue a estudiar la universidad a la casa de mi amá. Su avión llegó a los cabos, y luego de recogerla en el aeropuerto nos fuimos a comer a un restaurante frente al mar. Luego de comer ella pide permiso para meterse. Es agua del pacífico, oleaje y mar fuerte, pero había una cuerda grande que ayudaba a mantener las bollas en esa área. Ella se sujeta fuertemente y se va metiendo poco a poco en el mar. La cara de emoción y felicidad de como las olas chocaban con ella era evidente. Una persona que en sus 19 años de vida no había visto nunca el mar, su primer encuentro fue épico.
Y yo creo que lo mismo me pasó a mí el 2006 cuando vi unos cuantos copos de nueve caer en Filadelfia o en el 2013 vi unos pedazos de nieve petrificada ya y jugué con ella o cuando verdaderamente nevó sobre mí el 2024. De seguro, esa sorpresa, ese octubre sorpréndeme, se puede volver aprender, pero para ello necesito crear el tiempo y espacio. Lo único malo que en este momento tengo suficiente con poder sobrevivir en mi estado emocionalmente estable e ignorar mis necesidades por un tiempo. Pero, qué bonito debe ser que algo te sorprenda.
YO