La parte que más importa

Me fui con la decisión de encontrar algo que me ayudara con los dolores que me dan en la espalda. En Ceiba me presentaron un aparato que al darme esa especie de terapia, me ayudó a mantener la espalda y hombros un poco más relajados. Luego de tener un día de juego fallido porque ninguno de los dos amigos de la colonia podían salir o tenían otros planes, se me ocurrió que fuéramos a la plaza de al lado para conseguir algo parecido a lo que tienen en el Este.

Se aprovechó para caminar un poco de la esquina a la otra y en el medio, comer un helado de mango pina molida para echarlo al yogur. Al seguir caminando al otro extremo, donde está lo mismo pero más barato, mi hijo temblando de frío por el helado y la poca ropa que llevaba unido con el invierno improvisado que esperaban generar en ese espacio, entramos a la tienda.

Me pidió que lo abrazara para cubrirlo del frío, pero no lo hice, ir caminando de ese modo no era cómodo, luego recapacité y me di cuenta que perdí la oportunidad de tener contacto con mi hijo, un contacto que estamos pidiendo y por eso va al psicólogo ahora. Llegamos al área donde estaban los aparatos esos, me quedo parado viéndolos y sin decirme nada, él va directo al área de los juguetes, que en realidad estaba a un par de metros adelante.

Confiado en que ya sabía lo que siempre hacía, ir a ver juguetes, pedir que le compre y yo decirle que no, seguí observando los tres distintos modelos. Estuve parado observando por un minuto mientras leía las diferencias. Pico el botón para que abran el lugar y poder ver el costo y lo tomo. Agradezco al empleado y voy al área de los juguetes. Me detengo al ver unos googles para natación de adulto reducido de precio, los tomo y sigo buscando. Doy una vuelta por el área, regreso, voy moviendo la cabeza y observando cuidadosamente a cada lado, y no veo a mi hijo, regreso al área donde yo estaba y no está, voy de nuevo al área de los juguetes, pensando en que no lo había buscado bien. Ya mi cabeza comienza a pensar en el tráfico humano y el robo infantil.

Ahora, sigo por el mismo pasillo donde yo estaba pero voy desde el inicio hacia las cajas registradoras. A mejo camino escucho por el altoparlante “si el bien instruido está en la tienda favor de pasar a la caja registradora” y un par de segundos después lo veo que se acerca a mí. Coloca su cabeza en mi panza y comienza a soltar las lágrimas de estrés y ansiedad que le causó habernos perdido por esos tres minutos.

Lo abrazo y le pregunto Qué pasó, dónde andabas. Y comienzo a contarle lo que yo hice y lo que él hizo. Siento que debí haber dicho otra cosa, haber dicho o hecho algo que le diera seguridad en lugar de darle un mini sermón. Traía en la mano un juguete de pistola o escopeta o algo así que, con el sentimiento de culpa que tenía, lo compré junto con los googles en oferta y el aparato ese, que resultó ser un fiasco.

Por la noche, a eso de las 7 que terminamos de leer e hicimos la rutina de rezar, decir las afirmaciones y agradecimientos y luego mencionar las tres cosas que más nos gustaron del día junto con lo que no nos gustó, le dije lo orgulloso que estaba de él, que no se desesperó y que pensó muy bien en qué hacer. Fue el solo con el guardia de seguridad y le dijo que le hablara a su papá, el bien instruido. Le repetí lo que había hecho y lo que había logrado y cómo lo pensó y resultó bien, que lo que hizo fue lo correcto y que todo salió bien, que ese día aprendimos en decir a dónde vamos y en dónde estamos para que no vuelva a pasar. Sonrió y se puso un tanto orgulloso de él mismo, así como “ya no sigas, me sonrojas”.

Se me iba la vida, sentí por unos segundos, así como me dijeron una vez, se nos va la vida. Pero esta vez, me regresó en unos cuantos minutos después gracias a él y no gracias a mí.

YO

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