La Magia vista desde la Ventana

Amanece pero en realidad el día parece como si ya se fuera a acabar. El Sol no ha brillado hoy, falta la magia de luz radiante que te acaricia el cuerpo y condensa tu agua mientras, comienzas a bañarte de nuevo, pero esta vez en tu propia agua salada. El tiempo se está terminando, como todo, el tiempo no se detiene y la fecha siempre llega. Quedan solamente tres días para que el regreso inminente a la tierra descubierta en 1519. Tlaloc nos impidió seguir con el turismo, íbamos al bosque lluvioso, pero se abortó la misión.

Regresamos a Cupey, y seguimos con la rutina. Cocinar, jugar, crear recuerdos y cumplir peticiones. Hoy se me encargué de todo, agradecido con mi progenitora por todo lo que hace por mí, y principalmente con mi sobrino, que, dentro de todo lo que he logrado conocer de él, se acopló muy bien con su primo, un primo que sin lugar a dudas los va a extrañar mucho más que yo. Seguramente tendré mi periodo de tristeza, algo común en mis julios o agostos de estos últimos años.

Mi mamá es la que se acopla, se monta en una bici de niño sin ruedas para intentar andar, mientras, emocionados los nietos, gritan y echan porras. Yo mientras tanto, disfruto a mi manera, genero los recuerdos que, seguramente, quedarán plasmados en la pared. Esta visita ha sido distinta a las anteriores, más especial. Mi hijo está más grande, está formando su carácter, lo que tendrá de base cuando sea mayor. Lo he conocido mejor, he aprendido cosas de él, cosas interesantes y otras no tanto, pero sobre todo, he aprendido a dejarlo ser, dejarlo formar su criterio, viendo dentro de lo que le rodea lo bueno y lo malo.

Por ahora, con lo que me quedo de este viaje, es tener un norte. He notado, que no soy un ser autodidacta, autosuficiente a lo mejor un poco, pero no autodidacta, prefiero tener un guía, un norte, una visión de un futuro, de un modelo a seguir…y para vivir, lo encontré, viendo a mi mamá a través de la ventana, colocarse un casco que mi hijo, preocupado por su bienestar, se lo lleva, se sube a una bicicleta abandonada en el parque a intentar andar en ella que no lo ha hecho en más de 55 años.  Seguramente.

La veo sonriendo, riendo, intentando algo nuevo, mostrando qué es vivir a los menores, pero sobre todo a mí. Por fin lo encontré. Veo a esa señora de 70 años cumplidos paseando en la bici sin rueditas y me dan ganas de llorar, pero de felicidad, de agradecimiento. Espera, deja lloro un poco. Gracias por mostrarme el camino, te dije que en tus manos me ponía y resulta que todo está más cerda de lo que uno cree, no hay que buscar afuera, al parecer, todo es desde adentro y por ahora no sé qué carajos hago aquí escribiendo y no en frente, en la cancha, corriendo y jugando con los míos. Iba a escribir de la turofilia de mi novia, pero esto está mejor.

Yo

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.