Desde los 18 años supe que quería tener una hija y que se iba a llamar Silvana.
Al mismo tiempo, tenía un presentimiento persistente: que iba a morir joven, de algo relacionado con el corazón.
No tuve una hija. Tuve un hijo.
Muchas veces me sentaba en silencio, cerraba los ojos y pensaba:
“Qué lástima mi hijo, tan pequeño.”
En mi mente él tenía cuatro, cinco años.
Sentía que no podía hacer mucho más. Ya había hecho lo principal: comer un poco mejor, hacer ejercicio. Más allá de eso, no había nada que pudiera controlar. Yo estaba en un pozo muy grande.
Mi pozo tenía nombre: no podía volver a México.
Desde antes de que naciera —cuando aún era “él o ella”— ya había tomado una decisión:
iba a ser un padre presente antes que ser feliz.
Mi hijo es boricua. Su mamá es boricua. Ninguno me iba a acompañar a La Paz si yo decidía irme.
Volver al lugar que me vio nacer, donde estaba toda mi familia, implicaba dejar de ser padre.
Era, al mismo tiempo, decirle a mi hijo —sin decírselo—:
“Me importa más mi lugar y mi familia que tú.”
Eso me duele pensarlo. Incluso ahora.
Así que no me fui.
Y al mismo tiempo que no me iba, me destruía.
Con cierta consciencia, me destruía.
Me separé de la mamá de mi hijo y comencé a conocer:
nuevas comidas, nuevas cosas, nuevas personas, nuevos lugares.
Pero sobre todo, comencé a conocerme mejor.
Llevo mucho tiempo en esa encomienda: tratar de encontrar lo que soy, lo que verdaderamente significa ser.
Personas ven en mí cosas que, aunque las sé, no termino de asimilarlas.
Ver y sentir el amor que otros tienen hacia mi persona es un honor.
Me dan esas vitaminas y minerales invisibles que necesito para continuar con mi proceso de crecimiento, reconocimiento y encuentro personal.
Me llena de orgullo saber que personas con las que perdí contacto pueden regresar y sentir que la vida se detuvo en el último instante en que nos vimos.
Como si alguien presionara un botón y todo continuara.
Se suman unas cuantas canas, unas cuantas arrugas, cambios físicos sutiles.
Pero lo demás fluye igual, como un río antiguo.
He reconocido mis miedos:
miedo al éxito,
miedo al dinero.
He visto que vivo en una zona de confort que me mantiene en automático.
No encuentro la salida.
No sé cómo pasar a una vida de mayor abundancia sin abandonar al resto de la gente, sin abandonar a mi hijo, pero sobre todo, sin abandonarme a mí.
Aunque, en realidad, me he abandonado lo suficiente.
Y solo busco pretextos seguros para validar una decisión que ni siquiera sé cuándo fue tomada, ni cuándo fue aceptada por mí.
Entender que la vida es una sola y que pasa muy rápido es una prioridad.
Debo cuidarla y apapacharla por lo que es:
una flor delicada que florece una sola vez en toda tu existencia cerebral.
YO