Hoy me levanté con ganas de ser mexicano, hace tiempo que no lo hacía. Preparé refrito colocando unas lascas de tocino a sofreír, luego le agrego unos pedazos de cebolla blanca, hasta que esté perfectamente cocida junto con el tocino. El toque final, es colocar la lata de frijoles del color de preferencia hasta que se vea que hierve. Al no tener machucador de frijoles, pues improvisé colocándolo en la licuadora, a lo mejor así se le quita el olor que le dejé luego de moler el comino. Todo este proceso estuvo acompañado de música regional. Acompañé el frijol con unos chips y el queso que quedó de las fracasadas enchiladas que le hice a la novia.
Siendo un día de estos, fui a un festival infantil para que mi gallo tuviera un poco de diversión alejado de la casa, porque por alguna razón le gusta quedarse ahí por mucho tiempo. Al llegar, se supone que iba a estar un mago y un payaso como las atracciones principales. Pero no, llegamos y estaban cantando los niños trovadores, trovadores. Dentro de todo lo que puede tener Pe Erre, tuvo que ser trova. No es algo que me encante, la trova puertorriqueña le tengo un odio especial, y no tiene nada que ver con que una de las personas más guapas con la que salí en la isla era trovadora, sino que ese “o lelolai leloleila” me deja un muy mal sabor de cabeza. Y no solo eso, resulta que existe gente que se dedica a “escribir” sus propias trovas, por lo menos eso dejaron saber esos niños trovadores de Coamo.
Cuenta la leyenda, que en ese mismo lugar donde estaba con mi hijo estaban sentados los Hermanos Sanabria junto con Francisco Roque, hablando de qué cosa podrían inventar que sea el peor orgullo de la isla. Y pues dicen que entre todos ellos inventaron la trova. A estas alturas no se sabe si les quedó bien o mal el invento, pero yo creo que fatal.
Entonces me pregunto desde cuando existen esas cosas llamadas “vaguadas”, decía el tiempo que eso iba a venir. Cuando yo era niño, todo era más simple: existían en orden descendente, los huracanes, el mal tiempo, los aguaceros de verano y las lloviznitas invernales. Así eran llamados los eventos atmosféricos, pero ahora todo se resolvía con vaguadas. Mañana, existe otra posibilidad, pero ahora sí iré preparado.
Por ahora, continúo escuchando la música con la que me desperté hoy, no tengo ni drogas ni alcohol para eliminar lo que mis oídos escucharon el día de hoy. Ya me bañé y al parecer no fue suficiente para quitarme ese sufrimiento de la mente.
Quizás mañana amanezca con otro país encima, otro antojo, otra música que espante los fantasmas acústicos que hoy me persiguen. Pero por ahora, sigo aquí: con el sabor del frijol improvisado, el eco de la trova que no pedí y la esperanza de que algo rojo… lo que sea rojo… me devuelva al centro.
Yo