Ni de allá, ni de aquí – El tiempo que nos transforma

El tiempo pasa y no se detiene y era de esperarse que esto iba a suceder. Hace muy poco caí en cuenta que ya llevo más tiempo viviendo en la isla, que lo que viví en la Península de Baja California. Lo bueno es que, aunque llevo tanto tiempo viviendo aquí, el papá de un niño del parque contiguo identificó correctamente mi acento, que aunque ya no sueno de allá, y tampoco sueno de aquí, al parecer sigo sonando más de allá que de aquí, aunque ya no me sienta ni de allá ni de aquí, sino que me encuentro en un limbo de identidad.

Cinco de esos años viví con ella, ella me rentó un cuarto que quedaba a dos minutos caminando a mi trabajo. Siempre me ha gustado estar céntrico a las actividades que realizo, simplemente para que el tiempo pueda ser mejor aprovechado y el sueño mejor distribuido. Con ella llegaba del trabajo y le gritaba, salía a chismear un poco, le decía que iba a comprar si necesitaba algo, le contaba las cosas que hacía y simplemente bajada a platicar un poco, así por 5 años, hasta que un enero saqué cosas y tiré más, para irme al Viejo San Juan. Recuerdo que en la Catedral me dio una tarjeta con 20 dólares adentro.

Viviendo ya fuera, iba a visitarla, con menos frecuencia de la que me hubiera gustado, pero la visitaba. Conoció a mi familia de ese entonces. Llegó el día en que me dijo que las monjitas, con las que se había criado y fueron sus múltiples mamases, se la iban a llevar a su país natal, porque ya no veía bien y tampoco caminaba tanto. Pasaron muchos años de no saber de ella. Creo que no conoció a mi hijo, solamente a la nena. No fue hasta hace dos años, que me enviaron a presentar en la conferencia que la oficina hace en esas tierras, que hice las preguntas para saber dónde es que se estaba quedando. La visité, aún caminaba y veía un poco. Me conoció, platicamos un rato y la abracé.

No volví a saber de ella, hasta esta otra visita que hice la pregunta si seguía en el mismo lugar y me dijeron que sí, llamé y me dieron el visto bueno para irla a visitar. Ahora fue diferente, ahora se veía más viejita, más frágil, más decaída. Me dio sentimiento cuando la monjita me advirtió que ya no recordaba muchas cosas, pero sin embargo, ella, al yo comenzar a hablarle y tomarla de la mano, me pregunta por todo el mundo que ella conocía, me pregunta por mí, por la nena, por la mamá de Gael, le doy la noticia, le enseño a mi niño y comienza a escurrirme las lágrimas cuando en voz baja me dice que yo soy como si fuera su hijo, algo que no merezco. Le hago la pregunta que qué es lo que quiere que le lleve en el próximo viaje, me dice que quiere una leche en polvo que los viejos toman en esta latitud, La venden es Costo o en Sams, me dice, Y dulces, quiero dulces.

Por poco me regreso sin visitarla, sin buscarla, porque no había recibido respuesta. Al recibirla, cancelé cualquier plan de conocer la isla, para ir a visitarla, porque no puedo irme de esa otra isla sin verla. Ahora, tengo una misión, hacer que me envíen el año que entra a la conferencia y comprar esa leche y dulces para que ella pueda tener un poquito de su pasado, es su presente.

YO

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