24 meses después: La neblina que no quiero que se disipe

Creo que tengo la fecha exacta cuando comienza a disminuir la actividad de esa parte. Si lo tengo bien documentado, fue un 25 de noviembre luego de una visita de casi una jornada laboral, de una manoseada y  de una insinuación directa de que se fuera conmigo a Cupey a continuar acrecentando con el eclipse de la corteza.

La liberación de dopamina a causa de lo que estaba sucediendo, el conocer a un ser maravilloso, estaba afectando la toma de decisiones, la lógica y el control de mis impulsos. Así fue como la mamá de mi hijo se enteró que yo estaba saliendo con una amiga, o como la mamá le dijo, una amiga especial, que luego de 24 meses terminaría siendo un ser especial y maravilloso.

Entiendo perfectamente que tengo un tanto bloqueado el lóbulo frontal gracias al exceso de liberación del neurotransmisor químico C8H11NO2 y que a lo mejor idealizo de una forma no objetiva lo que estoy viviendo, aun así lo disfruto. Me di cuenta, que puedo tener una especie de adicción o tecates dopaminística, pero mi capacidad de discernir entre lo cierto y lo incierto, entre lo vivido y lo que vivo, entre la idealización y la verdad, me mantiene en un estado de alerta. Solamente, porque el fin de crecer, es no repetir patrones y mucho menos errores.

Había planificado mi semana para que no confligiera con la escapada que hice al nuevo oeste. Había planificado lo que iba a hacer, lo que necesitaba conseguir y cómo iba a ir. Estaba un tanto nervioso y espaciado, aún no logro encontrar la razón de ese estado. Todo salió como estaba visualizado, hasta llegar al lugar. La circulación de la sangre comenzó a bombear e irse a 100 kilómetros por hora, perdiendo por un instante la presencia y concentración de lo que estaba haciendo. Había encontrado el estacionamiento y por alguna razón decidí que lo mejor sería estacionarse de reversa para así tener espacio, que había de más, para salir. Al estar yendo para atrás comencé a hacerme una imagen en la cabeza y perdí la mirada a la cámara que me decía que iba de reversa. No fue hasta que carro hizo un sonido cuando hizo contacto con la estructura de metal, que reaccioné. Saqué al carro del beso que tenía con la estructura, colocando la palanca en la D. Al caminar hacia la puerta fue que vi la abolladura nueva que tiene el caro, jo, jo, jo.

Fue una gran emoción verla, abrazarla un miércoles y darle un beso enorme, más aún cuando es el aniversario número dos y mi corteza prefrontal sigue tan eclipsada y llena de neblina, que por lo que he visto hasta ahora, quiero que siga igual por las próximas décadas, porque hasta hoy, han sido de los mejores años de mi vida en esta isla.

YO

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