El mar me parió: memorias de un pez sinaloense

Recuerdo como si fuera ayer, tenía entre cuatro y seis meses cuando toqué el mar por primera vez y quedé prendado a él. Uno de esos datos chuscos que muy poca gente sabe de mí, es que en realidad nací, o mejor dicho, me sacaron de la panza de mi mamá en un hospital en un lugar llamado Chalco, Estado de México. Qué carajo estaba haciendo allá mi mamá cuando le dio los dolores que le propiciaban mis patadas de futuro futbolista, no lo sé, pero lo que sí sé y agradezco con locura, es que no les importó avisar al estado mexicano de mi nacimiento hasta que llegamos al mar, a la ciudad de Mazatlán Sinaloa, que por fortuna, mi acta de nacimiento, mi pasaporte y todo mi ser dice que soy sinaloense y no un chilango más.

Mi papá acababa de entrar a trabajar al gobierno, específicamente a un departamento del aeropuerto llamado Seneam, como ingeniero encargado de los equipos de telecomunicaciones y radares que ayudaban a los aviones a tener esa plática bidireccional entre el avión y la torre de control. Luego de su examen, y haberlo pasado, lo enviaron por unos cuantos meses sin paga a ese lugar con playa, por lo que, como bien proveedor que era, se iba al malecón con una red de pescar y la tiraba para sacar camarones para tener para comer. Cuenta la leyenda que, luego de nacer un chin más claro de tono de piel, el color fue cambiando a naranja por los camarones cocidos y a este color sabroso canelezco gracias a la resolana del Sol marino.

El destino me siguió llevando a estar rodeado de mar, una premonición de lo que sería mi más futuro. A mi papá lo trasladaron a La Paz, en la península de Baja California, que es casi como una isla, está rodeada en tres de sus cuatro partes de océano y para poder pasar al resto del país, es necesario manejar 26 horas sin parar, lo que lo hace una seme isla en mi cabeza. Rodeado de agua hasta mis 17 y pico de años, que me fui a la ciudad de Guadalajara a estudiar Ingeniería, carrera familiar donde mi mamá, papá y hermano son ingenieros, pero mi hermano discordante, en lugar de ser electrónico de fue a computación.

El paso universitario, fue uno agradable, muchas primeras veces, dejando atrás la preparatoria, que fue una de los años más meh de mi vida. En Guadalajara, me alejé del mar por casi seis años, aunque mis papás me regresaban a la Paz las vacaciones de verano, semana santa y de navidad, extrañaba la playa y regresaba recargado. Hasta que un ex amigo, se hizo parejo de una futura doctora y yo, que en esa época estaba bastante fácil para salir a cualquier lado, me iba a las fiestas doctoriles y me presentaron a una mujer con un acento bien raro. Así que en el 2004 hice segundo viaje internacional, pero el primero a una isla del caribe. Me quedé por cuatro meses y volvía México a trabajar luego de mi infructuoso intento de quedarme a estudiar. Al regresar a la realidad, me contrataron en una empresa donde me enviaron a Colorado a trabajar con el diseño de lo en aquella época se llamada Dishnetwork HD, para los de la Ana G Méndez, televisión de Alta Definición. De nuevo el destino me alejaba de las olas.

En mayo del 2025, me llaman y me dicen que llegó una carta de la universidad donde me habían aceptado, lo que provocó que renunciara a mi trabajo inmediatamente y vendiera lo poco que tenía para que finalmente llegara en el 2005, agosto a tierras borincanas, al mar nuevamente. Así han pasado 20 años, 20 años donde ya no me he alejado tanto del mar. No necesito ir todos los días, solo con saber que está ahí, que cuando maneje, lo pueda ver, este pececito quiere y le gusta vivir en el mar. Así pasó el tiempo y llegó el fue fuego a mi vida a finales del 2023, donde, afortunadamente, el agua no la apaga, al contrario la enciende y aviva más, aunque en la preferencia está más el agua fría de la montaña, pero el mar siempre está ahí y ya con eso, me doy por bien servido, porque si algo me ha enseñado Disney es que el fuego y agua pueden sobrevivir y convivir.

YO

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