Un miércoles

Son las 11:11 de la noche. Es la hora en que me siento a escribir este diario, un ejercicio que, según la inteligencia artificial, debería formar parte de mi rutina. Es miércoles, pero tiene sabor a viernes.

Hoy, una clienta del Departamento de Finanzas del Municipio de Carolina me pidió que ajustara un dashboard, añadiendo una variable. Al terminar, le avisé que el cambio ya estaba visible y, sin pensarlo mucho, le escribí: “Te iba a desear un excelente fin de semana, pero acabo de recordar que hoy es miércoles”. ¿Por qué lo hice? No lo sé. Tal vez porque, después de cometer el error más costoso de mi carrera —uno que le costará a otro cliente cincuenta mil dólares adicionales—, ya nada me importa. La ironía es que, gracias a ese error, mi jefe recibirá veinte mil dólares más cada año.

Este viernes que no lo es, me reuní con dos seres espectaculares: uno que lleva veinte años en mi vida, desde 2005, y otro que me acompaña desde hace dieciocho. Sabía lo que iba a pasar. El alcohol fluiría sin medida, cortesía del novio de la casada, repartido a diestra y siniestra. Y así fue. Creo que ahora mismo tengo un 85% de alcohol en la sangre, si sumo todas las cervezas que llegaron a mi mano.

Pero hay algo bueno en todo esto: estoy estudiando. Estoy aprendiendo a moldear mi cerebro, a ser yo quien le da las órdenes, quien dirige los pensamientos. Este pensamiento —ella— ha sido el más recurrente desde que la conocí. Mientras me embriagaba con estos dos seres de luz y otros que no conozco ni me interesa conocer, hablé de ella. De esa mujer que ha llenado mi vida de felicidad. La misma a la que le pedí al universo, y que, de alguna forma, me fue concedida.

Hablé de lo bien que me va, de lo bien que hacemos el amor, de lo bien que me hace sentir, de cuánto la amo. Y aunque el universo insista en poner pruebas, yo ya aprendí mis lecciones. Esto es lo que quiero para mi vida.

He aprendido a moldear mi mente, igual que al universo. Por eso, estos días, al final del ejercicio, engaño a ambos. Ha sido una semana larga y pesada. Cada día he tenido que interactuar con personas que, por alguna razón, encuentran valor en compartir tiempo conmigo. Y yo, en la semana en que no tengo a mi cría, acomodo mi agenda para ponerme al día.

Mi cerebro necesita estar advertido de todo lo que ocurrirá después del trabajo, para poder manejar la exposición social a la que este mexicano se somete. He descubierto que puedo mejorarlo. Ahora, cuando golpeo el saco de boxeo, acompaño cada golpe con un “fu” que sale de mi boca. Así, mi cerebro cree que estoy golpeando con fuerza. En el gimnasio solo se escucha: “fu, fu, fu, fu”, y la gente voltea a mirar. Pero yo sigo con mi “fu”.

Y si se preguntan de qué carajos estoy hablando, la verdad es que ni yo lo sé. Solo sé que esto es lo que me sale en una borrachera de miércoles.

YO.

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