Como Lunay

Había pasado, hace bastante tiempo, cuando entré a una peluquería, en estos lugares llamada barbería, donde me disponía a cortarme el pelo. Algo tengo, que el pelo no es algo que me cause ningún tipo de malestar o preocupación por tenerlo acicalado ni mucho menos, me da completamente igual. Cuando ya veo que mi pelo no tiene forma alguna, voy a cortarlo y escojo al que se encuentre disponible donde lo encuentre. Así pasó una vez allá en el Viejo San Juan, cuando la flojera me ganó y entré a una peluquería del barrio, donde la afluencia de los clientes utilizaban camisilla de básquet y tenis Jordan.

Sin que las palabras me salieran de la boca para detener semejante crimen, el peluquero ya me había hecho un cerquillo de caco en toda la cara, dejando una marca de color verde, donde antes existía pelo. Ya tuve la experiencia de cortarme como caco, sin haber pedido ese tipo de corte, al mes y medio de la última vez que había ido a Plaza a cortarlo. Desde entonces, no ha habido mucho cambio sobre la forma o las veces que acudo a cortarme el pelo, entre la flojera y la vida diaria, si voy cada mes y medio, ya es ganancia.  

Ahora, tengo novia oficial desde febrero 13, pero de sentimiento desde el 5 de noviembre. Al ser una mujer culta, de la isla y acostumbrada a comer local hasta antes de noviembre, entiendo que está acostumbrada a que las personas de su alrededor vayan a recortarse cada siete días y su cabeza se vea impecable. Cuando vivamos juntos, las cosas van a ser diferentes, me dijo pero por ahora, maneja su ansiedad por mi barba y cabello a su manera. Se ofreció a arreglarme la barba, para que me vea bonito, dijo, por lo que acepté. Si eso le causa felicidad y en realidad no me cuesta ningún tipo de malestar hacerlo, pues me dejo “consentir”.

Me coloco en la bañera, porque no quiero que los pelos caigan en el piso y le digo dónde está mi máquina para podar barbas. En tres cuartos de procedimiento quirúrgico se acaba la batería. La cara de tristeza y un poco de enojo, por no mantener mis cosas cargadas, se nota, pero inmediatamente un brillo en la cara aparece cuando recuerda que ella tiene una en su mochila. Round dos. Continúa el embellecimiento personal, pasando la máquina por la orilla de la barba, dejando una barba perfecta, se nota un inicio y un final de la piel y el pelo y no como yo lo dejo ser, así, salvaje.

Entonces, ya entrados en confianza pasa de la barba a peinar el pelo detrás de la oreja y sigue bajando por toda la circunferencia de la cabeza, cortando todo el exceso de cabello existente en mi cuello y dejando a su paso una frontera perfecta entre la piel y el pelo. Pensaba que solamente la ansiedad era por la salvajada de la barba y al parecer también el cerquillo de la cara y el cuello, pero no, parece que las cejas es algo que le causan ñañaras en la panza. Toma la peinilla y las coloca en una de mis cejas, segura de sus conocimientos de peluquería, pasa la maquinita sobre ésta, cortando los pelos de mi ceja.

Mi sentido arácnido me dijo que la otra máquina tiene una peineta con el tamaño perfecto para cejas, pero no le hice caso a ese sexto sentido. Lo hice bien y lo explico en el escrito de cuando me recortaron como caco, pero esta vez, el amor pudo más que todo y confié en sus años de experiencia cortando cejas de hombres con una peinilla y una máquina de pelo. Lección aprendida, ahora que mi ceja parece a la de Lunay, sabemos que esa parte de la cara está prohibida para ella y para cualquiera. Como bien lo menciona, cuando vivamos juntos, algo sí va a cambiar.

YO

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