La apropiación.

Quiero creer que no hay nada más puertorriqueño que la bomba,  aunque tenga una procedencia negra, fue aquí donde se perfeccionó, se criollizó el sonido, un sonido que por alguna razón, acelera mis genes taínos africanos que he adquirido gracias al intercambio de fluidos corporales con locales.

No lo conocí hasta mi segundo o tercer semestre de estar en la isla. Desde el piso siete de la residencia de estudiantes escuchaba un sonido de tambores los lunes por la noche a la distancia, a lo lejos. No sabía de qué trataba, no tenía amigos locales que fueran para allá, simplemente escuchaba ese grito de guerra a la distancia.

No recuerdo el día exacto que fui a verlo y tampoco recuerdo quién me dijo que lo que estábamos viendo era bomba, pero lo que si recuerdo fue lo que me hizo sentir, recuerdo la emoción que sentí al escuchar los sonidos del tambor y los cánticos unísonos que se escuchaban de las y los coristas. Hasta el día de hoy, es el sonido que más me gusta. Luego de eso, ver a una persona bailar este ritmo, entrar al batey, saludar al tamborilero y realizar los movimientos que el tambor seguirá, es una locura espectral gigantesca.

Ha estado en mi lista aprender, he visto mujeres y hombres que lo hacen y me da mucha admiración verlos. Algunas lo hacen con un ritmo muy duro, otras con una clase y suavidad, dependiendo si son independentistas/feministas que por lo general están enojadas con la vida, con todo y con todos o personas que simplemente le gusta el proceso de apropiación cultural.

Tenía mucho que no escuchaba bomba, hasta que llevaron a un grupo de bomba a la actividad del trabajo y nos dieron una clase básica de ello. Entonces recordé el por qué me gustaba tanto y me recordó que ese es una de las cosas que me falta tachar de la lista, esta es una actividad que ya no se puede considerar apropiación cultural de mi parte, porque los genes ya los tengo.

Yo

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