Ya estaba decidido, se había planificado y pensado así antes del viaje, comer, comer bien y comer de todo y así fue. Pan de muerto, conchas y de todo lo dulce que encontraba, iba para mi boca. Hacía más de 7 años que había dejado de tomar cualquier tipo de refresco, y en el viaje me llegó una fresca y una vita. Santa cachucha. Mi plan era simple, rebajaba para subirlo. Mi rutina de ayuno comenzó un mes antes, donde al momento antes de irme, había bajado 10 libras, de 160 a 150, por lo que el cuerpo estaba preparado para el viaje y subir de 150 a 170 en comida y todo lo inflamatorio que encontrara en mi camino.
La parte comidística del viaje fue un éxito y el video así lo demuestra. “yo solo quiero que alguien me saboree como tú saboreas esa torta”, “jajaja, 4 libras más feliz” y así entre otros comentarios que llegaron dejando saber la emoción que provoca ver a alguien comer tan feliz de la vida. Pero todo esto tuvo una consecuencia, una consecuencia que la vi ayer, lo sufrí ayer.
Estaba yo muy a gusto, pasando mis horas de ayuno intermitente, cuando dan las 12 y me voy a calentar mi comidita y la termino, me voy a sentar a mi escritorio y unos minutos después mi cuerpo comienza a temblar un poco, me pongo bien trucha a ver qué era lo que me estaba pasando, tenía necesidad de azúcar, mi cuerpo me estaba pidiendo azúcar con unas ansias bárbaras. Estoy totalmente intoxicado, me dije, deja compruebo mi teoría. Cuando el pupilo iba saliendo a comprar comida, le dije que, si encontraba un postre, un flan de queso por ahí que me lo trajera, pero no hubo, así que mi mente, tecata de azúcar se puso peor, mi ser ya estaba gritando por dentro, luego llega otra que dice, no tienen un dulcecito, algo dulce, por lo que se armó una comitiva tecata para pedir una orden de galletas de un lugar que no recuerdo, pero que eran gigantes.
Esperé temblando en una esquina por varios minutos, en lo que el tipo del uber dejaba varias órdenes, antes de llegar a la oficina. En cuanto llega, recibo la caja, la abro y aspiro profundamente ese olor a azúcar refinada, colores artificiales, aceites altamente inflamatorios y mi cuerpo reacciona positivamente a eso. Al primer bocado, el pico de azúcar llega al cerebro y los corazones y los fuegos artificiales comienzan a brotar de todos lados, ya mi cuerpo estaba recibiendo lo que necesitaba, lo que aprendió a hacer en México al comer todas esas conchas, panes de difunto, dulces y hasta refrescos.
Desde que llegué ya me compré muchas cosas dulces y saladas y lo próximo es una bola de repollo para comenzar a hacerme los licuados en ayunas para volver a equilibrar mi cuerpo, equilibrar mi mente y sobre todo dejar la dependencia esa al azúcar, porque si se trata de ser tecato de algo, mejor que sea al tostón.
YO