La visita fue corta, simplemente seleccionó los dos jitomates, el pepino y las tostadas que hacían falta. Al llegar a casa, abre el cajón, saca la tabla y un cuchillo que lo relumbró al hacer contacto con el sol. Toma primero el tomate y lo corta en finas rodajas, colocándolas en la tabla en forma horizontal para hacer cuadritos pequeños y las coloca en el refractario de cristal. Para el pepino es distinto. Le corta las orillas y hace fricción el pepino con su pequeño lado cortado, para que esto logre sacarle la acidez que pueda existir. Le saca la piel y comienza la aventura del taquero, cortándolo a la mitad, luego le saca las semillas y procede a cortarlo, cruadritos lo seleccionado. La cebolla morada es indispensable. Limpia el cuchillo y la tabla, dando una pequeña enjuagada bajo el chorro del agua. Tuvo que ser taquero en su otra vida, porque la forma de cortar la cebolla es magia pura. El cilantro es el ingrediente número uno, sin él, este plato es inexistente, no puede llamarse así.
El pescado y el camarón lo están esperando, listos para ese baile, primero son en trozos transversales, luego vienen los horizontales, y se repite hasta que los pedazos de pescado y camarón no se distinguen de quién es quién. Se coloca una cama de esta mezcla en otro refractario y viene la parte importante, la sazón, para esto pide un relevo. Acerca la sal, pimienta y…. ¿el orégano? Esa parte era nueva. Sin pensarlo comienza a echar la sal, pimienta y orégano hasta que dice, Creo que así está bien. El limón se exprime, pero no tan fuerte, es necesario que solamente caiga el jugo que sale del limón y no el zumo de la cáscara. Ocho fueron los indicados para poder cubrir el pescarón con las especias.
Media hora pasó, al abrir el refrigerador, el olor comenzó a llenar el ambiente, como el siguiente día que ella se va y “es que mi cama huele a ti”, pero esta vez de pescarón y una mezcla de verduras finamente picadas. Se separa el pescarón del jugo de limón y se coloca en el refractario de cristal. Le ponemos una tapa de aceite de oliva y el jugo de los chiles enlatados Del Monte que por fortuna se encontraron en el supermercado. Con una cuchara se revuelve todo hasta tener una mezcla hegemónica de la verdura, el pescado y camarón. Quince minutos después se coloca en la mesa junto con las tostadas, la mayonesa, la salsa picante y el agua carbonatada.
La tostada se coloca en el plato y con un cuchillo se le coloca una capa pequeña de mayonesa hecha con aceite de agua pasa por mi casa, cate de mi corazón. Cuatro fueron las cucharadas de la mezcla que se colocó en la tostada, con eso lograban caer por los lados. La salsa es el toque final, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho chorros le cayeron encima.
No paraba de salivar la garganta, parecía un perro de pavlov cualquiera. Con las dos manos levanto la tostada del plato y cerrando los ojos le doy la primera mordida. El tiempo se detuvo, no se escuchó nada, ni la vaca lola, ni Duca, ni el primogénito o la culpable de este ser importó en este momento. Al sentir la primera mordida, simplemente fue una trasportación, un viaje al pasado, esos días en que La Paz era lo ordinario, lo cotidiano, fue un viaje a casa de 36 masticadas. Un suceso que duró por el transcurso de cinco tostadas más. Por ahora, ya sé lo que le hacía falta, y luego, ella lo sabrá también
YO