Un princeso en Cupey

Desde que nací, tuve una vida de privilegio, no tuve carencias crasas, en mi casa hubo ropa, comida, amor, educación y solamente me dediqué a lo que un niño debe hacer, jugar y estudiar. Fue así que mis manos, por no tener trabajo forzado infantil, han permanecido vírgenes, suaves y sedosas.

Hubo una vez que saqué un seis en mi clase de química en la preparatoria que, mi mamá para darme una lección de vida, me puso a trabajar de albañil y carpintero, para comparar lo que iba a ser mi vida si no estudiaba. Fue una de las únicas ocasiones que mis manos han sufrido, fuera de eso, no he necesitado manicura alguna, hasta ahora.

Ahora, en mi vejez, mis manos saben que no fueron hechas para trabajos forzados, saben que son manos de aristócratas, manos de rico, pero no saben que mi realidad es otra. Cuando me toca barrer y traperas mi espacio, lo hago bastante rápido, es un espacio pequeño, tres cuartos, sala, comedor, cocina, patio, siendo algo así, mis manos sufren, le salen ampollas de agua por el simple hecho de barrer y trapear. Estos pies y manos son unos princesos.

Este princeseo ha rendido frutos 44 años después al conocer a mi prometida, la cual va a pedir mi mano en noviembre. Me confesó hace poco que no fue mi forma de ser, o mi comiquisidad o ser un bonachón emocionalmente estable, lo que la terminó de conquistar, sino que fueron mis manos lo que hicieron el trabajo.

Me cuenta que le gusta mucho sentir mis manos que recorran su ser y que espera impacientemente el encuentro bisemanal. Ya me habían chuleado antes mis manos. Esto fue a principios del 2023 cuando estaba viviendo con un amigo en un camino de Cupey que veía a una viejita pegada en el camino pidiendo aventón para salir a la carretera principal, la vi muchas veces en este proceso y un buen día, arriesgándome a ser secuestrado o ser atacado por detrás luego de que la viejita me distrajera, decido detenerme y llevarla. Lo primero que vio fue mis manos, y me dijo “Qué bonitas manos tienes” antes de dejarla en el banco.

Cada noche, tengo una rutina con mi hijo, comida, baño, cuento, rezar al chuy, la rosa y la espina del día y luego quedarnos unos minutitos hablando. Resulta que uno de esos días en lo que tenía que salir del cuarto más rápido de lo pronosticado para cocinar, me dice Querido padre que participó en mi creación, no has permanecido un instante adicional conmigo dándome un sobito. Pá, me gustan tus sobitos y quiero un poquito de sobito.

La mágia manística es real, y por los próximos 39-5 mis manos serán sus manos, de los dos.
YO

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.