Cuando aprendí y comencé a poner límites, fue cuando el debacle comenzó a suceder. Como gran narcisista, se beneficiaba de que yo no los pusiera. Logré comprenderlo cuando fui a terapia, pero no cuando comencé a ir a terapia, sino ya muchos meses después de esa nueva rutina. Entonces ¿para qué estás aquí? fue la respuesta al límite. Entonces ¿cómo ocuparse de los demás, si no nos ocupamos de uno mismo? ¿Cómo hacer el bien, si ni siquiera te sientes bien? No puedo amar, si no me amo a mí mismo. Desaparecí, llegué a sentirme no merecedor de amor.
Ahora, nos escribimos de usted, todo suena mejor cuando nos escribimos así. Suena más bonito. Me siento visto, creo fielmente que ella logra ver lo que realmente soy. Logra revelar la radiografía de mi ser. Me cuenta que se siente segura, validada, deseada. Que esto que tenemos, a distancia y a la no tanta, se siente correcto, bonito. Que le gusta gustarme. Pero ahí se equivoca, por primera vez se equivoca porque no me gusta, ME ENCANTA, ME FASCINA.
Logro sentir o mejor dicho, me siento como imaginé que debía ser. Ahora sé lo que se siente la complicidad. Sé lo que se siente ser tomado en cuenta, sé lo que es sentirse amado y sobre todo, sé que merezco sentirme así, como ella me hace sentir. Ella logra ver lo que soy, lo siente y eso me llena. Con ella tengo una vida que no me dan ganas de desear otra, ésta es la correcta.
Pero ya, ya llegué a mi límite, aprendí a ponerlos. Aunque nos hemos texteado todos los días, por lo menos un par de letras, ya necesito verla en persona, quiero hablarle víendola a los ojos, tomarle de la mano y robarle uno que otro beso, porque andar con esta nueva versión de migo es risa, risa, beso, beso, coge y coge, y ya, ya la quiero y muero por ver. Faltan solamente todo el domingo, todo el lunes y 19 horas del martes, o sea 2 días con 19 horas, mejor explicado 2:19 y de ese dos-diecinueve, ella sí que sabe. Porque un “límite” se usa también para establecer el punto máximo al que puede llegar algo o alguien,
YO