Los huevos…rancheros

El ser humano, la mente, el cuerpo, se acostumbra a todo. He leído cómo personas que viven dentro de una zona de guerra, al principio, el nivel de ansiedad por escuchar las bombas y disparos, es muy grande, pero conforme el tiempo pasa, estos ruidos se vuelven parte de su vida, de su rutina. Este fin de semana, el sábado que fui a dar puños y patadas, me di cuenta que mi aparato de la muñeca me decía que el corazón estaba acelerado, subiendo hasta un máximo de 187 bpm. Al principio, mi corazón al acelerarse arriba de 150, sentía que se iba a salir de mi cuerpo y me detenía, paraba de hacer ejercicio hasta que se normalizara el corazón. Me sorprendí, al darme cuenta que el corazón estaba bombeando 37 puntos arriba de cuando me estaba muriendo y yo seguía con la energía de hacer otro burpee sin problema, ya el corazón no se quería salir.

Algo parecido pasó con esta cosa que estaba sintiendo, esta incomodidad que sentí a la novia irse de vacaciones y perder esa comunicación diaria y de horas que teníamos. La rutina de hablar y contarnos el día, causó algo en mí, algo que no reconocía. Me duró dos semanas este sentimiento, ya no me siento así, volví a ser yo. Estoy emocionado, porque la voy a recibir en el aeropuerto, porque la voy a ver en siete días, porque dije que no a unos compromisos para estar disponible a compromisos más importantes, de mayor relevancia. Ahora, puedo pasar esta espera de siete días con calma y claridad, ya mi mente y cuerpo no se sienten raros por ella estar lejos. La sigo amando, queriendo, extrañando y desando, pero ahora, de una forma mucho más saludable, sin ansiedad.

La novia está buena, la verdad, está bastante potable, diría que, del uno al diez, ella es un millón, y es de esperase que vaya generando admiradores, rompiendo corazones en su andar. Y eso pasó. Ahora, en su viaje en crucero de tres semanas, se encontró uno. Mira, me dicen, que no sé quién te va a bajar a titi. Ay no, qué flojera. De solo imaginar en ser un psico, celoso, me da un no sé qué, que qué se yo. La chica más deseada del barco y yo hablamos claro desde el principio. Estamos juntos, estamos juntos libres y estamos juntos porque así lo queremos, así lo decidimos todos los días, cada día, día a día. Llegamos a un acuerdo que, cuando a ella le deje de gustar los huevos rancheros o a mí me deje de gustar el mofongüito, nos lo vamos a decir. Ella confía en mí, que no iba a estar “jodiendo” por ahí en California o aquí en Peerre mientras ella no está. Lo mismo pasa conmigo, yo confío en ella, que por ahora prefiere los huevos rancheros y frijoles a cualquier otra cosa. Entonces, si ya, con el simple echo de irse de vacaciones, me hace falta y la pienso a cada rato, ahora, sumarle a mi cabeza el hacerme una historia que se puede enamorar de un marino, de un don, o de un millonario, es extenuante, qué hueva.

Prefiero tener un “La extraño” saludable, que darme y darle dolores de cabeza adicional. Si le dejo de gustar, sé que me lo va a decir, si me deja de gustar, se lo voy a decir. Por ahora, quiero que disfrute y viva de su experiencia a su máxima expresión, que, de eso, ella sí sabe. Yo, me la paso aprendiendo, aprendo a manejar mis situaciones y conociéndome cada vez más. Hoy, me gusta ese mofongo, mañana, faltan 7 días para poder verla. Los pretendientes le van a llegar, pendejos si no, yo confío y lo seguiré haciendo, porque desde el día cinco, el escogerme, ha sido su decisión.

YO

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