La 32

Era casi el último encuentro que vamos a tener, antes de ella partir en un barco a tierras europeas, emulando el viaje del Colón ese pero al revés, y prepararse para gritar “tierra a la vista”, esta vez siendo ella quien grite con alegría esas palabras y no Rodrigo de Triana. Así que el plan fue sencillo. Pedí medio día para alejarme del trabajo, ella llegaba a la casa y pasábamos unas horas juntos. Me advierte que iba a llegar un poco tarde, porque el correo está bien mamón y no le lleva los paquetes, además de dejar preparado todos los pagos necesarios a los federicos y los cocorocos.

Estaba cansado, agotado de mi semana, tenía días que mi buen dormir se había visto afectado por razones no claras hasta el momento. Al recibir el mensaje del atraso, me tiro a la cama, para aprovechar el tiempo y descansar. Despierto con ella a mi lado, vestida con sus prendas doradas, y sus cuarzos energéticos, su cabello intachable y un vestido blanco y verde de lino, o algo parecido. La alegría de ser lo primero que veo al despertar de una siesta minutera, se observa a leguas. Sin esfuerzo él ya está listo, mientras yo, apenas estoy despertando.

La beso, me besa. Ella tiene más dificultad para quitarse la ropa, yo ya estaba muy adelantado…en todo. Su emoción se comienza a notar también. Inicio a recorrer su cuerpo con mis manos y la boca, deteniéndome y poniendo énfasis en algunos lugares más que otros. Mételo ya, escucho pedir, sería un estúpido si no hago caso a semejante demanda. ¿Y Cómo no hacerlo? si ella es irresistible, dicho en sus propias palabras entre chascarrillos y juegos, y confirmado por mí.

Me gusta ella, y mucho, creo ya lo he escrito en alguna otra ocasión. El mundo lo sabe. ¿Mi pretensión con ella? a parte de la muy explicable de sentirme feliz o lo más aproximado a eso, es tratar de que ella también lo sea, y eso es lo difícil. Ella tiene todas las condiciones para concurrir a mi felicidad, pero yo, tengo muy pocas para concurrir a las suyas. Nos fuimos, teníamos que hacerlo ya habían pasado 5 horas desde su llegada. Teníamos que recuperar energía, recargar baterías, el tanque, eso ya estaba lleno.

¿No me veo muy chichá? Me hace la pregunta de forma muy sería al subirme al carro para ir a nuestro destino. Volteo a verla, la exploro, de pies a cabeza, el cabello acomodado, las prendas de vuelta a su lugar, maquillaje perfecto, el traje olivo, olvidado en la gaveta, vuelve a ver la luz del día… le queda espectacular, las sandalias, que tienen otra oportunidad más. No, no se ve de ese modo, se ve regia. Así iba a comenzar este escrito, con esa pregunta.

La cena, la cena fue una ambrosía, más allá del vino Hungario, o los platillos seleccionados, la cena tuvo todos los componentes necesarios para hacer de una cita, una gran cita. Comida, servicio, lugar, ambiente, conversaciones, risas, sabores, ojos de corazón. Una pequeña caminata por las calles antiguas, donde alguna vez existieron carrosas, caballos, ahora estábamos nosotros. Un grupo improvisado de salsa nos esperó en la plaza, movimos el bote con un par de canciones, cada vez lo hacemos mejor.

Al llegar a casa, el postre, el otro prostre. Aporté al daño de sus pies, no recordaba la eterna batalla que existen entre ese calzado y las afecciones que provoca en sus pies. Volví a dormir bien, ahora con ella. Dormimos hasta tarde, caí rendido. Comimos de nuevo, los dos platillos, para desayunar y para realmente desayunar. Puedo regresar sin problema a ese lugar, esos lugares.

Esa es nuestra vida actual, comer y dormir. Engordé, nos decimos, el amor engorda, la felicidad engorda, la emoción engorda, la buena vida engorda, y hoy, en este momento de mi existencia, tengo todo, lo tengo todo, la tengo a ella.

YO

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