La barra estaba llena, las conversaciones inaudibles retumbaban en todo el restaurante. En el banco izquierdo se encontraba él sentado, comiendo un poco de cacahuates que la cantinera había dejado luego de haber pedido una Mahou de barril. Pasaba la página del libro luego del primer sorbo. Con la mano derecha coje una cantidad suficiente de maní, para que cupiera en la boca. Por la puerta del fondo, aparece un grupo de extranjeros que toman asiento en la mesa pegada a la ventana, viendo a la calle.
Al ser extranjero, le da curiosidad y observa. Se acaba la primera cerveza y levanta la mano, le dejan otra, junto con unas papas, de esas que se ponen bravas. La risa, hacía que despegara los ojos del libro para observarla. Curiosamente, se encontraba frente a él, no había nada que le impidiera la visibilidad, lograba ver de dónde, mejor dicho, de quién provenía. Al darle el último sorbo de la segunda cerveza, el libro había perdido el interés. La dinámica que se estaba llevando en la mesa de los extranjeros, con decibeles más altos que los demás, había captado su atención. La risa era cautivadora, la imagen era perfecta, con copa en mano, volteaba al espacio en busca de algo. Le toca el brazo al levantarse, estaba acompañada.
Se dispone ir hacia el baño, tras muchos minutos entre copas y agua, era necesaria la descarga. El baño se encontraba al final de la barra. Él levanta la vista en el momento perfecto, encuentra sus ojos, y ella crea una media sonrisa al verle. Un gesto natural, un saludo cordial. Recoge su libro, lo guarda en su bolsa, toma el vaso de cerveza y se lo termina de un solo trago luego de pagar la cuenta. Toma sus cosas y se dirige al baño, sin darse cuenta de lo que hacía. Choca con alguien. Al voltear, un golpe de electricidad recorre su cuerpo, era ella, la logra ver de cerca, sentir el aroma a coco que emana su piel. No pide disculpas, no le sale eso de la boca, lo único que se escucha es un Nos veremos en otra ocasión. El saludo con el sobrero no sucedió, se sintió charro ponerse uno en ese país.
Sus caminos se separaron, pero siempre estuvieron cerca. Cuando ella llegó a Cancún, él estaba en un hotel con toda su familia. Cuando ella viajó a La Ciudad de México, él estaba tomando el vuelo de regreso hacia la isla. Cuando ella estaba cantando las canciones de Residente, atrás del Centro de convenciones, él estaba vomitando en una esquina todo el whiskey que se tomó esa ocasión. Cuando él estaba recorriendo las calles de Viejo San Juan, documentando los escritos en las paredes, ella estaba a unos metros gritando por la renuncia del Gobernador. Cuando él salía de la puerta con el número 151 de la calle San Justo, ella caminaba por la Calle Luna, a unos metros de él, rumbo a la próxima tarima, en un mes de enero. Cuando el huracán le tumbaba parte del techo encima de él, ella se estaba inundando. Cuando ella les decía a los tipos que su primera cita fuera en un restaurante mexicano, él es mexicano.
Pero algo estaba escrito ya, ya lo había visto desde hace muchos años en ese restaurante, en ese país extranjero. Cada noche sale a buscar a recién nacidos para atarles un hilo rojo de forma que en algún momento posterior de sus vidas puedan encontrarse. De esta manera, el hilo sería una suerte de guía que ayudaría a las personas a encontrar el amor de su vida porque, aunque el hilo se puede estirar, nunca se puede romper, y así pasó, luego de dos años de una nueva libertad de ella, luego de sanar un poco y decidir abrirse al mercado local de nuevo, luego de sus citas en esa nueva libertad, que estaba destinado no iban a funcionar, después de sus viajes, que estaba escrito que no era allá, el hilo se juntó, se encontraron, llegaron a un mismo sitio, en una banca de una plaza pública de un pueblo costero. Esa banca donde preguntó, te gustaría tener una segunda cita conmigo, y un contundente, Claro que sí, fue la respuesta. 20 días después de esas primeras palabras, aquele fio vermelho da paixão jamás volvería a alejarse.
YO