Tenía unos 16 años cuando dejé de andar en bicicleta, porque me la robaron. En ella me partí la madre como 20 veces, pero era lo que más me divertía hacer. Luego de eso, me fui a la prepa, usé el carro de mi amá, después pa’ Guadalajara a la universidad y ahí no iba a usar bicicleta en una ciudad de locos, con 6 millones de potenciales arrolladores. Entonces, la excusa perfecta, llegué a puertorro. Viví siempre a distancias caminables de los lugares importantes. No necesité ni bicicleta ni carro, porque por fortuna, con todas las chicas que salí o mis amigos, siempre me buscaban en sus carros. Tuve carro hasta que me casé y tuve bicicleta hasta luego de terminar mi maestría. Hice mi tesis pensando en la conectividad y movilidad del ciudadano metropolitano que utiliza el tren y generando una ruta de bicicletas, como las de Barcelona, o Ciudad de México. Para hacer este proyecto, no tuve bicicleta para realizar la ruta sugerida, me fui en carro de alguien más.
Decido comprar bicicleta, cuando una ex, también extranjera, pero del sur, me dice para irnos en bicicleta por aquí y por allá. Compro una, la cual la utilicé una vez, porque terminamos, y se la presté a mi amiga arrendadora, y se la robaron. Luego de 11 años de no usar bicicleta, hice un recorrido de Río Piedras hasta Condado, con un miedo cabrón. El tiempo pasa, la vejez llega y tengo un hijo a una avanzada edad. Llegó la etapa de desarrollo del heredero donde quiere andar en bicicleta, le compramos una y está bien emocionado con sus cuatro ruedas. Apá, con un acento genuinamente mexicano, cómprate una baica, para andar con migo, ajua. Le comento esto a 2008 antes conocida como 2009 y me dice, tengo una que te puedo prestar, porque con eso de mi espalda jodida, no la voy a usar por un tiempo.
Le comento eso al morrito, emocionado me pregunta desde el verde que si la bici pa’ cuando, le digo que mi amiga no tiene tiempo, pero llegó el blanco y ahí sí, me dice, pasa. Vamos por ella, este muchachito se emociona, la traemos a la casa para limpiarla, arreglarla, y prepararla para la tarde. Al echarle el aire, y llevarla al parque, yo caminando y la bici a mi lado, mi hijo no para de verme. Debo demostrarle confianza, debo quitar esta cara de cagado. 14 años han pasado desde la última vez que me subí a una, esa vez por calenturiento. Ahora es distinto, ahora es por amor, por compartir, por convivir, por tener tiempo con él y que se canse o mejor dicho cansarnos para dormirnos sin problema.
Frente a la pista, subo mi pierna con mucha dificultad hasta pasarla al otro lado. Me siento, con los pies en el piso, coloco el derecho en el pedal, le doy para atrás para que el pedal quede en posición perfecta para avanzar. Me preparo psicológicamente para el momento, pero salgo del trance cuando escucho, apá, dale pues, que te voy a ganar. Hago fuerza, para que la bici salga del reposo en el que la tuve por varios minutos, hago fuerza al pie, sube el otro, las manos fijamente en el manubrio, y…casi choco con el árbol, por poco me doy en la madre a las dos pedaleadas. Ya estoy viejo para estas aventuras.
Tengo un seguro de vida, para que mi hijo quede cubierto, para la novia, le dejo 3 boletos de lotería que están en el carro, que con la suerte que tengo, de seguro son ganadores. Aunque lo que bien se aprende, nunca se olvida, dejo esto por escrito. Porque ¿quién asegura que de verdad lo aprendí bien?
YO