Por qué me amas tanto. De ahí surge este escrito, a partir de esa pregunta. Es fácil amar a alguien cuando es la indicada. Hubo solamente una espina, una caída en las piedras, pero no fue una caída cualquiera, fue una caída como debe ser, sin meter las manos, para evitar después complicaciones alternas. Tenía un poco de ansiedad, pero la ansiedad viene por otros motivos, no por el amar, no por las espinas o las rosas, sino por un respeto o miedo a la corriente de agua continua y más o menos caudalosa que va a desembocar en otra. Por alguna razón me viene a la mente un golpe de agua y creo que es la razón por la cual no frecuento estos lugares.
La cita fue distinta, había sido planificada de otra manera. Fue de mí quien salió la idea de irnos a un paseo para principiantes, de estas salidas que a ella le gusta. Luego de una hora y unos minutos de camino, llegamos al lugar de la caminata. Trato de pensar positivamente, según videos que he visto, pensar así, ayuda a mantener la calma. La veo cómo toma la batuta, la iniciativa. Llega completamente preparada, estamos en su territorio, territorio apache. Sólo por seguir la tradición caminamos tomados de la mano por un tramo del sendero, así como lo haremos al entrar a la pista de Ceiba y dar la vuelta, la milla de calentamiento.
Estamos aquí papi, la imagen del chorro de agua cayendo, abriéndose paso entre las piedras gigantes frente a nosotros. El ruido del agua corriendo es impresionante, no hay tanta agua, pero aun así suena fuerte, imagina si hubiera llovido unos días antes. La veo pasar de piedra en piedra, subiendo a una, mirando hacia abajo en otra, acostándose en una tercera a sentir, a escuchar, a oler, a ser. Es ella quien se abre paso entre las piedras y no las piedras mostrándole el camino. Por ahí se ve que no hay nada para que un humano transite, que no se puede, que no lo hay, pues es ahí donde ella está pasando.
En las piedras más altas, a metros de altura ella sonríe, saluda a la cámara. Vamos más allá, más allá del chorro principal que se encontraba a 190 metros del puente. A diferencia de ella, yo iba buscando lo fácil, lo transitado, lo descubierto, pasando de piedra en piedra con unos tenis que claramente no fueron hechos para esas tareas. Por suerte mis tobillos resultaron ilesos. Otro paisaje impresionante, solamente unos metros más adelante. Seguimos, su cara, su cuerpo, su humanidad está en donde deben estar, en su espacio, su entorno. Luego de varios minutos de caminata, que por la dificultad de pasar por piedras mojadas, llegamos a una tercera charca. Una charca grande, espaciosa, lista para nadar sus aguas congeladas de la sierra de Patillas.
Es bueno para el cuerpo beibi, me dice. Se tira, se mete, se zambulle sin queja alguna en esas aguas que sólo le faltaba el hielo. Un gran contraste mi forma, de puntitas titiritando, entrando poco a poco en esa agua, que al tocar mis genitales, pego un grito, al tocar mi espalda, pego otro y al bajarme hasta el cuello, recuerdo a la madre que me parió. La veo disfrutar, intento hacer lo mismo. Me acerco, la abrazo. La veo a los ojos, logro ver su felicidad. En la soledad de Patillas, en el medio del río, en la paz de la naturaleza la traigo hacia mí. Danzamos sobre el río, abrazados, sintiendo su cuerpo que tiene los rastros en él del agua congelada, su piel chinita de frío. El movimiento complicaba las cosas. Una piedra viene a salvar la mañana. Logramos quitarnos la ropa, la lluvia se siente sobre lo mojado. Palpo su cuerpo frío. El hielo no apagó el fuego interior, inferior.
Por qué me amas tanto, fue la pregunta. No hay respuesta en palabras. No hay una manera de expresarlo. Pero el verla acostada con su vestido blanco y azul en la cama, sonrío. De esa forma sé que la amo, que la amo “tanto” como debe ser.
YO