El ex ingeniero, creía firmemente que no pueden hacerse amigos después de los 25 años. Que el límite invencible para construir y trenzar emociones con esa cosa indestructible que es la amistad, está situado un minuto después de los 26 años; que hay una cierta esclerosis emocional que impide que la gente se juegue a sí misma en el riesgoso hacer de las pasiones de la amistad. Que después de los 25 nadie se corta la vena y mezcla su sangre con la de otros. Sin embargo, Diego había perdido a sus grandes amigos de antes de los 25 y se había quedado con los de después. Esto tenía una explicación en la férrea versión del ex ingeniero. Él había empezado a ser otro después de los 25 y era ese otro el que había hecho las nuevas amistades: sus compañeros extranjeros, una ingeniero de Guadalajara, una abogada de Mayagüez, una futura abogada de Ponce, su hermano, las colombianas, una gringa, otra futura abogada que aun está en Nueva York, otra gringa en Portlan, gente de drama… Diego sabía también, si se llama saber a esa certeza absoluta que se va adquiriendo a fuerza de repensar lo mismo, y que las doñas del pueblo llaman manías, que después de los 25, un hombre no puede hacerse amigo de una mujer. Que hay mucho sexo alborotado envuelto en la relación, mucho romanticismo a destiempo, mucho fantasma entre falda y pantalón para que las cosas funcionen. Sin embargo, y para su absoluta sorpresa, sin saber cómo o cuándo habían intercambiado números, cuando la mujer lo vió, Diego intuyó que ella podría haber sido una de sus mejores amigas para el resto de la vida si se hubieran conocido en la infancia o aunque sea unos minutos antes de los 25. Esta absurda certeza tan desacorde con las sabidurías adquiridas, lo dejó un poco pasmado, pero shhh SILENCIO.
YO