El comienzo no pudo haber sido más inocente: unas llamadas a su celular, recibidas en horas de la madrugada, desde un número bloqueado.
Tan pronto oía el timbre de su teléfono –que producía la conocida melodía inicial de That Girl de Timberlake- él extendía el brazo como un rayo hacia su mesita de noche y contestaba con voz todavía apagada por el sueño:
“¿Quién demonios…?”
Pero no le contestaba nadie. Sencillamente se escuchaba el murmullo del silencio y, luego, nada. La cosa empezó a intrigarle un poco cuando comenzó a tener la sensación, en especial cuando salía caminando de su casa para ir a una farmacia cercana, de que alguien lo estaba siguiendo. Era una sensación rara, puesto que no tenía evidencia física para sus sospechas. Sencillamente sentía el impacto de una mirada en la parte de atrás de su cuello, se volteaba… y no veía a nadie que lo estuviera mirando. O, de lo contrario, había mucha gente que podía estarlo haciendo, en especial cuando ya él se encontraba en el interior de la farmacia: el guardia de seguridad del local, alguna de las empleadas, alguna señora de moño que hacía sus compras cargando un Chihuahua junto al pecho… De vez en cuando él sí veía por los alrededores a alguna chica de buena apariencia, una de esas chicas que él sí hubiese deseado que le estuviera echando miradas de coqueteo mental. Pero siempre que alteraba su rumbo para dirigirse hacia ella y forzar el asunto, de detrás de alguna góndola emanaba de pronto un tipo alto, forzudo y rebosante de pelos por todos lados de su cuerpo. El esposo. O acaso su novio. O puede ser el jevo, en esta época ya no se sabe.
La cosa se mantuvo ahí, hasta que el sábado pasado, él fue al balneario de Punta Salinas, uno que no quedaba cerca de su casa y que, en especial los sábados por la mañana se mantenía agradablemente despejado de gente. Así, él llevó su neverita llena de latas de cerveza, sus gafas para el sol, el libro que estaba leyendo…Crear o Morir, en conjunto, todo lo que necesitaba para alejarse del ‘stress’ y del ligero delirio de persecución que había venido desarrollando últimamente.
Al par de horas de estarse soleando, se metió al agua y se internó, dando brazadas a lo Michael Phelps, hasta bastante profundo, pero sin rebasar las sogas de las boyas. Desde esa lejanía volteaba de vez en cuando para echarle un vistazo a sus pertenencias y corroborar que todo –la neverita y lo demás- seguía allí.
Fue entonces cuando la vio: una muchacha delgada y petite, en bikini, con el largo cabello marrón manoseado por el viento, potable por demás, Parada muy cerca de su neverita, ella miraba intensamente en su dirección… a través de unos binoculares. De momento él pensó que se trataba de una joven madre que de esa forma vigilaba a sus hijos. Pero, mirando a su alrededor dentro del mar, constató que no había nadie ni remotamente cerca de él que justificara la dirección en que apuntaban esos binoculares. Lentamente, para no alertar a la muchacha, comenzó a nadar hacia uno de los lados, pero entonces giró y comenzó a dar grandes brazadas en dirección a la orilla. Una vez salió del agua, corrió lo más rápido que pudo, no tan solo para llegar hasta donde había estado la muchacha, sino para evitar que la arena hirviente le friera por completo las plantas de los pies.
Después de comprobar que ya ella no estaba allí, le echo un rápido vistazo al interior de su neverita. En efecto, había ocurrido lo que más temía: la chica le había usurpado hasta la última lata. Nooooo! (palomas volando por el grito).
Lo peor de todo, a efectos del estado emocional de él, era que ahora se quedaba con la duda: la chica de los binoculares, ¿era la misma persona que él sentía que venía espiándolo desde hacía bastante tiempo, o sencillamente era una vulgar roba cervezas de balneario?
Se fue cabizbajo a su casa. La próxima vez que That girl volvió a despertarlo en horas de la madrugada, él agarró su celular y, sin encomendarse a nadie, gritó a todo pulmón: “¡Ladrona!” Y otras cosas más que no viene al caso repetir ahora. Bañado y cambiado, listo para ir al trabajo, al salir de su casa la próxima mañana, a punto estuvo de tropezar y caerse de narices debido al paquete, envuelto en papel de regalo, que alguien había dejado frente a su alfombrita de Welcome. Lo abrió temblando de curiosidad y se topó con una caja que contenía una botella de vino. Él no sabía mucho de vinos, pero tenía apariencia de ser un vino bastante caro. Con nombre francés. Entonces se dio cuenta de que había una tarjetita. Leía: “Para que la lleves a la playa el próximo sábado. A la misma hora y en el mismo lugar”.
Así que la chica que lo vigilaba no tan solo tenía su número de celular, sino que también sabía dónde él vivía. Y, a su manera, le estaba diciendo que quería beber unas copas de vino con él.
El próximo sábado, pues, al regresar todo molesto cerca de las seis de la tarde sufriendo los primeros síntomas de una insolación bastante severa y cargando en la mano una botella llena de vino igual de caliente, no le sorprendió ver a los dos agentes de la policía de San Juan que estaban aguardando, junto a su casera, frente a la puerta abierta de su residencia, con el alboroto de cosas tiradas por el piso que se veía allá dentro.
“¿Usted sabe quién vive aquí?” le preguntaron.
“Claro”, respondió él. “El rey de los idiotas”.
Un par de tetas y pensar con otra cabeza no deja nada bueno…