Por lo general no compro pan, esa barra de pan en bolsa blanca o verde porque siempre le salen hongos antes de terminarme la bolsa. Pero cuando compro, ahí estoy YO comiendo pan a todas horas. Siempre me como el primer pan, ese pan feo, la tapa (como la conozco) por traumas de la niñez. Cuando era pequeño, me la pasaba en la calle jugando, futbol, beisbol, básquet, lo que fuera, si, soy de la generación callejera. Nunca fui el niño que escogían primero en los equipos pero tampoco fui el último. El ser último hablaba mal de uno, por lo menos entre el grupo de amigos, el bullying siempre ha existido. Por lo general queda el primer y el último pan de la barra, ahí, solitos los dos, juntitos, nadie los quiere y casi siempre terminan en el bote de la basura. Entonces, recuerdo mi juventud, cuando había niños que eran escogidos a lo último y pienso en el pobre primer pan, “buleado” (licencia poética) por los panes bonitos. Un pan que no tiene razón de ser más que ser alimento de hongos o llegar al bote de la basura junto con su hermano gemelo, el último. Desde entonces, compro mantequilla de maní y mermelada y me lo como. Sí, con eso, porque sólo sabe bien feo.
YO