
La aventura comenzó cuando ella preguntó ¿qué habrá detrás de esa ventana? Hay dos formas de ver la curiosidad, verla como la que mató al gato o como el motivo de cientos de descubrimientos. La misión era llegar a la cima de la ventana. Vamos caminando, descubriendo caminos y creando otros. Abejas, hormigas, lagartijos, insectos rojos en orgías o arbustos con espinas no nos alejaron de nuestro norte. Quince minutos después, y varios arañazos en las piernas, llegamos a nuestro destino. La vista genial, un sur con acantilados, rocas sedimentarias que se caen con el pasar del tiempo y el golpe de la ola. Playas ocultas, imposibles de entrar al menos que tengas una escalera que llegue al cielo. Parados en la punta de la ventana viendo al infinito. Dónde está la ventana entonces. Aquí bajo. ¿En serio? Entonces me entra la curiosidad. Camino a un lado. Mi fobia a las alturas no me deja ver. Estoy como tres pies alejado de la orilla estirando mi cuello lo más posible para ver por la ventana, pero no llego ¿y si me caigo? me doy en la madre, era mi pensamiento. Entonces esta mente loca y mal educada se da cuenta que tiene en la mano una cámara y un palo que crece sin excitación alguna, solo basta quitarle el seguro y agrandarlo. Amarrarlo a la mano y programar a la cámara para tomar fotos automáticas fue el siguiente paso. En los mismos tres pies de la orilla estiro la mano y no, no es posible ver del otro lado de la ventana. Nuevamente el ratón se mueve un poco en esa cabeza inmensa. Me tiro al suelo, pecho a tierra, avanzando como soldado en guerra, atrincherado y protegiéndose de los disparos que pasan sobre él. Dado que estoy pegado al piso hay menos peligro de caerme por algún estúpido mareo alturístico. Saco la mano con el palo estirado y la cámara de lado tirando fotos cada medio segundo. 143 fotos automáticas después, esto fue el mejor resultado de una aventura curiosa al tratar de ver por la ventana.
YO