A la bestia

La metamorfosis ha sido tan gradual que no me había dado cuenta de que estaba pasando hasta que, mientras estaba detrás del volante, esas palabras salieron de mi boca.

La vida me había hecho un peatón feliz. Todo estaba cerca, a pasos. Mi herencia mexicana, haber vivido en ciudades semi-caminables aunado con ser pobre de familia numerosa, me había hecho un hombre sin carro. El no tener carro no me afectaba. En Puerto Rico tuve un carro por unos meses, no logré acostumbrarme a él cuando ya estaba completamente roto y no funcional. Entonces, caminando toda mi vida en Puerto Rico, tener unos amigos grandiosos que me sacaban de paseos en sus carros, tener todo cerca, para mí el carro no era necesario.

Ahora vivo en donde tú vacacionas, jangueas, paseas, comes, caminas, buscas señores paletas y todo eso. Literal. Mi trabajo está ahora a 47 minutos en sistema de transporte público o 15 minutos sin tráfico en carro de donde vivo, 25 por las mañanas en día de semana y sin manifestaciones. Así que la vida o mi nueva vida, casi como en la otra, todo o casi todo está a unos pasos de distancia. Pero en esta nueva vida no todo puede ser perfecto, ahora me ha llevado a subirme nuevamente a un vehículo motorizado.

Siendo una persona pacífica y con este humor tan relajado y llevadero, el manejar no me causaba ningún estrés. Velocidad promedio, viendo los espejos, deteniéndome para que la gente pase, esperando en el semáforo en verde para no quedarme en el medio de la calle y obstruir el paso de la otra calle, pasando en verde, deteniéndome en amarillo o rojo, cantando en el camino o escuchando radio AM como buen adulto. Así transcurría mi vida, mi nueva vida.

Como todo, las cosas van cambiando poco a poco y como dijo un escritor puertorriqueño “en la calle se pasa trabajo después del trabajo”. La sorpresa comenzó cuando tardé casi 20 minutos en pasar 5 calles por la zona bancaria de Hato Rey, 20. Todos los minutos  se suman en el trayecto y se hacen muchos más hasta llegar  tu casa. Cambias utilizando la tecnología 5 minutos antes de las 5 para ver por dónde es mejor irte, si por arriba o por abajo o buscar los atajos en los que siempre te pierdes y resultan más largos. Cambiar la paciencia por el descontrol en la calle. Poco a poco te vas volviendo uno de ellos. Uno de esos monstruos que salen a las 5 de la tarde cansados y apresurados para llegar a su casa a toda velocidad sin importar a quién le pases por encima, a quien obstruyas o afectes, lo importante es llegar unos cuantos minutos antes a tirarte en la cama para hacer lo mismo que haces en el trabajo o en el carro, pero ahora un poco más cómodo y sin perse para poner el dedo en el celular y darle hacia arriba.

Todo iba bien. Todo estaba controlado, en mi mente. Estaba siendo un ciudadano responsable en mi forma de manejar hasta que de mi boca salieron estas palabras que me hicieron verme al espejo “eres un cabrón, de seguro tienes genes de mujer”.  Si, lo sé, machista de más y generalizando este mito social de que las féminas manejan mal, perdón. Me vi al espejo retrovisor y comencé a ver esos retoños que estaban saliendo en mi cara, esas escamas bebés apareciendo y convirtiéndome poco a poco en ese mexicano bestial tras el volante de las 5 de la tarde. Mexicano, porque uno nunca debe perder el estilo.

YO