Por alguna extraña razón, los traumas infantiles me están saliendo ahora que soy papá. Esto viene, según mi psicóloga 100% recomendada, por esa necesidad de proteger a mi hijo de todo mal que pueda existir en el mundo exterior, el cual apenas está descubriendo. Uno de mis traumas es el miedo que tengo, un miedo que a veces me salen como ataques de pánico, por todo. Porque tengo colesterol alto, ahora ya me voy a morir del corazón y mi hijo se va a quedar sin padre. Porque hay un virus que no sabemos cómo puede afectar a los niños y algunos tienen reacciones como la enfermedad de Kawasaki. Miedo porque ya sale corriendo como loco por la calle y que un carro lo despachurre. Miedo porque hay mucha gente en la Plaza de Armas y él aún no se deja la mascarilla puesta y la gente adulta está con la mascarilla en barbilla o con la nariz por fuera. Entonces, este año decidí trabajar ese trauma, trabajarlo y superarlo.
Por la vejez y las levantadas temprano que hago por tener un bebé que se duerme a las seis de la tarde, procuro acostarme temprano. Por lo que la noche de anoche ya estaba en la cama a las ocho de la noche, mi nena también se había acostado y la novia estaba en una reunión nocturna fuera de la casa. Luego de bañar me voy a acostar, apago todas las luces de la casa, le pongo seguro a la puerta y me voy al cuarto. Por vivir en Viejo San Juan y la pobreza, pues estamos en un departamento de dos cuartos por lo que el niño duerme en su cuna en nuestro cuarto. Entro al cuarto, cierro la puerta, el cuarto tiene cortinas que tapan completamente la luz de la ventana, por lo que al cerrar la puerta el cuarto es una boca de lobo. Me acuesto, me pongo los audífonos y decido ponerme a ver un capítulo de una serie, pero resulta que ese capítulo era medio tenebroso.
Estoy quedándome dormido, sin hacerle caso a la serie, cuando de repente escucho un ruido y la puerta del cuarto se abre sola. Yo, no mames, se abrió la puerta, mejor dicho quién abrió la puerta. A mi mente, como buen traumado que estoy, viene la serie tenebrosa, las películas de terror y los pendejos que cuando un ruido extraño suena en la casa, van como estúpidos a ver qué o quién está por ahí. Recorro en mi mente lo que hice, me bañé, apagué la luz, cerré la puerta ¿cerré la puerta de verdad? No mames ¿la cerré? Entonces recuerdo también que ya es el 2021 y que aún creo que el 2000 fue apenas hace unos días, pero también recuerdo que este año iba dejar mis pendejadas atrás. Así que tomo mis precauciones, voy a pararme, pero no voy a ser tan pendejo como los personajes de las películas que prenden su lámpara, yo no voy a llamar tanto la atención.
Por lo que en lugar de prender la lámpara del celular, solamente prendo la pantalla, para que sea una luz que no llame tanto la atención a ese intruso que está en busca de los millones escondidos debajo del colchón y que lo único que encontrará de valor es mi drone que me gané en la rifa del trabajo y la bocina bose de hace 4 años. Me quito la colcha de encima, camino por el lado de la cama hasta llegar a la puerta, con la luz del celular alumbrando mi camino, sigo al baño, meto primero la mano y luego asomo la cabeza, no hay nadie. Sigo por el pasillo a la cocina, vacía, al llegar a la sala, piso al chango del niño y pego un brinco, acerco el celular al piso y veo al mono, con los ojos grandes azules viéndome fijamente, me comienzo a reír por dentro no mames, que susto. Reviso la puerta de la casa y estaba cerrada. De seguro no cerré bien la puerta y el viendo la abrió.
Este 2021, voy a resolver traumas pasados y si alguien trata de entrar a la próxima casa, debe saber que tendré mi celular en mano.
YO